11.4.17

Viernes Santo (por la tarde-noche): sinopsis de los 4 Evangelios


En continuidad con las dos entradas anteriores respectivas a los textos evangélicos de la celebración del Jueves Santo (por la tarde: aquí; y por la noche: aquí), ofrezco ahora los textos concordados de los 4 Evangelios correspondientes a lo que celebramos el Viernes Santo (ya sea por la tarde o en la noche): relata el momento que va desde el prendimiento en el monte de los Olivos (visto en el Jueves Santo por la noche) hasta la muerte en cruz de Jesús y su enterramiento.


 

PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

SEGÚN LOS CUATRO EVANGELISTAS

(después del prendimiento hasta la Crucifixión)


La Muerte del Señor 
(viernes santo por la tarde)
 
 

Lo prendieron y lo llevaron primero a Anás. Luego a Caifás

(Mt 26,50b.57 – Mc 14,46.53 – Lc 22,54 – Jn 18,12-13.19-24)

Entonces, la tropa, el oficial y los guardias de los judíos se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo prendieron; lo ataron y lo llevaron primero a Anás, por ser suegro de Caifás. Éste era sumo sacerdote aquel año. Caifás era el que había asegurado a los judíos: “Conviene que muera un hombre por el pueblo”. El sumo sacerdote preguntó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le respondió: “Yo he hablado públicamente a todo el mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en secreto. ¿Qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído qué les he dicho; ellos saben lo que yo he dicho”. Al decir esto Jesús, uno de los guardias allí presentes le dio una bofetada, diciendo: “¿Así respondes al sumo sacerdote?”. Jesús le contestó: “Si he hablado mal, demuéstramelo; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?”. Entonces Anás lo mandó atado a Caifás, el sumo sacerdote. Los que prendieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde los maestros de la ley y los ancianos estaban reunidos.


Pedro lo había seguido de lejos. “No conozco a ese hombre”

(Mt 26,58.69-75 – Mc 14,54.66-72 – Lc 22,55-62 – Jn 18,14-18.25-27)

Simón Pedro y otro discípulo seguían de lejos a Jesús. Y este discípulo, como era conocido del sumo sacerdote, entró con Jesús en el atrio del palacio del sumo sacerdote, pero Pedro se quedó fuera, a la puerta. Los criados y los guardias [que habían apresado a Jesús] encendieron fuego en medio del patio porque hacía frío y se sentaron alrededor. Salió entonces el otro discípulo, conocido del sumo sacerdote, habló a la portera y pasó a Pedro. Pedro se sentó entre ellos, con los criados, calentándose al fuego, para ver el fin. [Mientras] estaba fuera sentado en el atrio, se le acercó la portera y, al ver a Pedro calentándose sentado junto al fuego, lo miró fijamente y le dijo: “¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre? Tú también andabas con Jesús, el galileo”. Pedro lo negó delante de todos, diciendo: “No sé ni entiendo lo que dices”. Al salir hacia el portal, lo vio otra de las criadas del sumo sacerdote, y dijo a los que estaban allí: “Éste estaba con Jesús el Nazareno”. Y él de nuevo lo negó con juramento: “No conozco a ese hombre”. Transcurrió como una hora. Simón Pedro continuaba allí, calentándose; se acercaron a Pedro los que estaban allí y le preguntaron: “¿No eres tú también de sus discípulos? Seguro que tú también eres de ellos, porque [eres] galileo, pues tu misma habla te descubre”. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel al que Pedro cortó la oreja, replicó: “¿No te vi yo en el huerto con él?”. Entonces él comenzó a maldecir y perjurar: “No conozco a ese hombre que decís”. E inmediatamente, mientras aún estaba hablando, cantó un gallo. El Señor se volvió, miró a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra del Señor cuando le había dicho: “Antes de que cante el gallo hoy, me negarás tres veces”. Y saliendo fuera, se echó a llorar amargamente.


Presentaron testigos falsos

(Mt 26,59-63a – Mc 14,55-61a)

Los sumos sacerdotes y el tribunal supremo en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarle a muerte, y no lo encontraban. Muchos testificaban en falso contra él, pero no coincidían los testimonios. Algunos se levantaron para testificar en falso contra él, diciendo: “Nosotros le hemos oído decir: Yo derribaré este templo hecho por mano de hombre, y en tres días edificaré otro que no estará hecho por manos humanas”. Y ni en esto coincidían sus testimonios. Entonces, en medio de la asamblea, se levantó el sumo sacerdote y preguntó a Jesús: “¿No respondes nada a lo que éstos testifican contra ti?”. Pero Jesús permaneció callado y no respondió nada.


“Es reo de muerte”

(Mt 26,63b-66 – Mc 14,61b-64 – Lc 22,67-71)

De nuevo el sumo sacerdote le dijo: “¡Te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el mesías, el hijo de Dios!”. Jesús contestó: “Tú lo has dicho. Si os lo digo, no me vais a creer; y si yo os pregunto, no me vais a responder. Pero [yo] os declaro que desde ahora veréis al hijo del hombre sentado a la derecha del Padre, Dios todopoderoso, y venir sobre las nubes del cielo”. Todos dijeron: “Luego ¿eres tú el hijo de Dios?”. Y él les respondió: “Vosotros lo decís: Yo lo soy”. Entonces el sumo sacerdote se rasgó las vestiduras y dijo: “¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos, si nosotros mismos lo hemos oído de su boca? Habéis oído la blasfemia.¿Qué os parece?”. Ellos respondieron: “¡Que es reo de muerte!”. Todos lo condenaron a muerte.


Se burlaban de él y lo golpeaban

(Mt 26,67-68 – Mc 14,65 – Lc 22,63-65)

Los que custodiaban a Jesús se burlaban de él y lo golpeaban. Luego se pusieron a escupirle en la cara; lo cubrieron con un velo, le taparon la cara y lo abofeteaban, mientras le preguntaban: “¡Adivina, mesías! ¡Haz el profeta!, ¿quién te ha pegado?”. Y los criados le daban puñetazos. Y le decían muchas otras injurias.


Decidieron condenar a muerte a Jesús

(Mt 27,1-2 – Mc 15,1 – Lc 22,66b. 23,1a)

Al amanecer, celebraron consejo los sumos sacerdotes, los ancianos del pueblo y los maestros de la ley y el tribunal supremo en pleno; lo llevaron al tribunal y decidieron condenar a muerte a Jesús. Se levantó la asamblea. Lo ataron, lo llevaron y se lo entregaron al gobernador.


Judas se arrepintió y se ahorcó

(Mt 27,3-10)

Judas, el traidor, al ver que Jesús había sido condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: “He pecado entregando sangre inocente”. Ellos dijeron: “¿A nosotros qué? ¡Tú verás!”. Tiró en el templo las monedas, fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes recogieron las monedas de plata y dijeron: “No es lícito echarlas en el tesoro del templo, porque son precio de sangre”. Decidieron comprar con ellas el “campo del Alfarero” para sepultura de los extranjeros. Por eso aquel campo se llamó “campo de sangre” hasta el día de hoy. Así se cumplió lo que dijo el profeta Jeremías: Tomaron las treinta monedas de plata en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas, y las dieron por el campo del Alfarero, según lo que me ordenó el Señor.


Jesús compareció ante el gobernador

(Mt 27,11a – Jn 18,28-32)

De casa de Caifás llevaron a Jesús al palacio del gobernador. Era de madrugada. Los judíos no entraron en el palacio para no contaminarse y poder comer la cena de la pascua. Jesús compareció ante el gobernador. Pilato salió fuera y les dijo: “¿Qué acusación traéis contra este hombre?”. Le respondieron: “Si no fuera un criminal, no te lo hubiéramos entregado”. Pilato les dijo: “Pues tomadlo vosotros y juzgadlo según vuestra ley”. Los judíos replicaron: “A nosotros no se nos permite condenar a muerte a nadie”. Para que se cumpliera la palabra que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.


“El rey de los judíos”. “¿Qué es la verdad?”

(Mt 27,11b – Mc 15,2 – Lc 23,1b-3 – Jn 18,33-34-38a)

Lo condujeron a Pilato y comenzaron a acusarle, diciendo: “Nosotros lo hemos encontrado alborotando a nuestra nación, prohibiendo pagar tributo al césar y diciendo que él es el cristo rey”. Pilato volvió a entrar en el palacio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Tú eres el rey de los judíos?”. Jesús respondió: Jesús respondió: “¿Dices esto por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?”. Pilato respondió: “¿Soy yo acaso judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?”. Jesús respondió: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis súbditos lucharían para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi reino no es de aquí”. Pilato le dijo: “¿Luego tú eres rey?”. Jesús respondió: "Tú lo dices: yo soy rey. Yo para eso nací y para eso he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. Pilato le dijo: “¿Y qué es la verdad?”.


De Herodes a Pilato. Jesús no le respondió nada

(Mt 27,12-14 – Mc 15,3-5 – Lc 23,4-16 – Jn 18,38b)

Dicho esto, Pilato salió fuera otra vez y dijo a los sumos sacerdotes y a la gente: “Yo no encuentro ninguna culpa en este hombre”. Pero ellos insistían con más energía: “Alborota al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea, donde empezó, hasta aquí”. Pilato al oír esto, preguntó si era galileo; al asegurarse de que era de la jurisdicción de Herodes, se lo envió, porque Herodes estaba también en Jerusalén por aquellos días. Herodes se alegró mucho de ver a Jesús, porque hacía bastante tiempo que quería verlo, pues había oído hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hizo muchas preguntas, pero él no respondía nada. Por su parte, los sumos sacerdotes y los maestros de la ley estaban allí y lo acusaban duramente. Herodes, con sus soldados, trató con desprecio a Jesús, se burló de él, le puso un vestido blanco y lo envió a Pilato. Aquel día Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes eran enemigos. Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, y les dijo: Me habéis traído a este hombre como alborotador del pueblo; yo lo he interrogado delante de vosotros y no lo he encontrado culpable de las cosas de que lo acusáis. Herodes tampoco, puesto que nos lo ha devuelto. Nada ha hecho, pues, que merezca la muerte. Por tanto, lo pondré en libertad después de haberlo castigado”. Y los sumos sacerdotes le acusaban de muchas cosas. Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Pilato le preguntó de nuevo: “¿No respondes nada? ¿No oyes todo lo que dicen contra ti? Mira de cuántas cosas te acusan”. Pero Jesús no le respondió nada, hasta el punto de que el gobernador se quedó muy extrañado.


“No resuelvas nada contra ese justo”

(Mt 27,15-21 – Mc 15,6-11 – Lc 23,17-19 – Jn 18,39-40; 19,1)

Por la fiesta el gobernador tenía por costumbre conceder al pueblo la libertad de un preso, el que ellos quisieran. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás, [quien] había sido encarcelado junto con los sediciosos que en un motín ocurrido en la ciudad habían cometido un homicidio. Llegó la gente y se puso a pedirle la gracia que solía concederles. Pilato preguntó a todos los que estaban allí: “Vosotros acostumbráis a que os suelte un preso por la pascua. ¿A quién queréis que os deje en libertad? ¿A Barrabás o a Jesús, a quien llaman el mesías? ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?”. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Estando en el tribunal, su mujer mandó a decirle: “No resuelvas nada contra ese justo, porque he sufrido mucho hoy en sueños por causa de él”. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos azuzaron al pueblo y convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Y al decirles el gobernador: “¿A quién de los dos queréis que os suelte?”, ellos respondieron: “A Barrabás”. Ellos gritaban todos a una: “Quita de en medio a ése y deja en libertad a Barrabás”. Entonces Pilato mandó azotar a Jesús.


Le pusieron una corona de espinas en la cabeza. Y le daban bofetadas

(Mt 27,27-30 – Mc 15,16-19 – Jn 19,2-3)

Luego los soldados del gobernador llevaron a Jesús dentro del palacio, al pretorio, y reunieron en torno de él a toda la tropa. Lo desnudaron, le vistieron un manto de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza, y una caña en su mano derecha; y, arrodillándose delante, se burlaban de él, comenzaron a saludarlo diciendo: “¡Viva el rey de los judíos!”. Y le daban bofetadas. Le escupían y le pegaban con la caña en la cabeza y, doblando la rodilla, le hacían reverencias.


“¡Crucifícalo!”

(Mt 27, 22-26 – Mc 15,12-15 – Lc 23,20-25 – Jn 19,4-16)

Pilato salió otra vez fuera y les dijo: “Ved que os lo saco para que sepáis que no encuentro en él culpa alguna”. Jesús salió fuera, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Pilato les dijo: “¡Aquí tenéis al hombre!”. Los sumos sacerdotes y sus criados, al verlo, gritaron: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”. De nuevo Pilato les habló, pues quería dejar en libertad a Jesús. Pero ellos gritaron: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”. Y Pilato, por tercera vez, les dijo: “¿Pero qué mal ha hecho? No he encontrado en él causa alguna de muerte; por tanto, lo dejaré en libertad después de haberlo castigado”. Pero ellos insistían a grandes voces pidiendo que fuera crucificado, y sus gritos cada vez eran más fuertes. Pilato les dijo: “Tomadlo vosotros y crucificadlo, pues yo no encuentro culpa en él”. Los judíos respondieron: “Nosotros tenemos una ley, y según esa ley debe morir, porque se hace hijo de Dios”. Pilato, al oír estas palabras, tuvo aún más miedo. Entró de nuevo en el palacio y preguntó a Jesús: “¿De dónde eres tú?”. Pero Jesús no le contestó. Pilato le dijo: “¿Por qué no me contestas? ¿No sabes que puedo darte la libertad o crucificarte?”. Jesús le respondió: “No tendrías ningún poder sobre mí si no te lo hubiera dado Dios; por eso, el que me ha entregado a ti es más culpable que tú”. Desde entonces Pilato buscaba la manera de dejarlo en libertad. Pero los judíos gritaban: “Si lo dejas en libertad, no eres amigo del césar; todo el que se hace rey va contra el césar”. Pilato, al oír estas palabras, sacó fuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el sitio que llamaban “enlosado”, en hebreo “Gábbata”. Era la víspera de la pascua, hacia el mediodía. Pilato dijo a los judíos: “Aquí tenéis a vuestro rey”. Ellos gritaron: “¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícalo!”. Dijo Pilato: “¿Voy a crucificar a vuestro rey?”. Los sumos sacerdotes respondieron: “No tenemos más rey que el césar”. Viendo Pilato que nada conseguía, sino que aumentaba el alboroto y, queriendo satisfacer a la gente, decidió que se hiciera como pedían; mandó que le trajeran agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: “Soy inocente de esta sangre. ¡Vosotros veréis!”. Y todo el pueblo respondió: “Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Entonces les puso en libertad al que pedían, a Barrabás (el que había sido encarcelado por una revuelta y un homicidio), y les entregó a Jesús, después de azotarlo, para que lo crucificaran [y] para que hicieran con él lo que quisieran.


Lo llevaron a crucificar

(Mt 27,31 – Mc 15,20)

Después de haberse burlado de él, le quitaron la túnica, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar.



Cargado con la cruz

(Jn 19,17-18a)

Jesús quedó en manos de los judíos y, cargado con la cruz, salió hacia el lugar llamado “la calavera”, en hebreo “Gólgota”, donde lo crucificaron.


A Simón le obligaron a llevar la cruz

(Mt 27,32 – Mc 15,23 – Lc 23,26)

Cuando lo conducían, [al salir], encontraron a un hombre de Cirene, que pasaba por allí, llamado Simón, que venía del campo, padre de Alejandro y Rufo; echaron mano [de él] y le obligaron a llevar la cruz de Jesús; le cargaron la cruz para que la llevara detrás de él.


Lo seguía mucha gente del pueblo y mujeres

(Lc 23,27-31)

[A Jesús] lo seguía mucha gente del pueblo y mujeres, que se daban golpes de pecho y se lamentaban por él. Jesús se volvió a ellas y les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque vienen días en los que se dirá: ‘Dichosas las estériles, los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han amamantado’. Entonces comenzarán a decir a las montañas: ‘Caed sobre nosotros’, y a los collados: ‘Sepultadnos’; porque si esto hacen al leño verde, ¿qué no harán al seco?”.


La Calavera

(Mt 27,33-34 – Mc 15,22-23 – Lc 23,32 – Jn 19,18b)

Lo llevaron a un lugar llamado Gólgota (que significa “la Calavera”). Llevaban también a dos criminales para ejecutarlos con él. Al llegar al lugar, dieron de beber a Jesús vino mezclado con hiel; pero él lo probó y no lo quiso beber.


Con él crucificaron a dos ladrones

(Mt 27,38 – Mc 15,25.27-28 – Lc 23,33-34a)

Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, crucificaron allí a Jesús y a los criminales, dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: ‘Fue contado entre los criminales’. Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Eran las nueve de la mañana cuando lo crucificaron.


Se repartieron sus vestidos

(Mt 27,35 – Mc 15,24 – Lc 23,34b – Jn 19,23-24)

Los soldados, después de crucificar a Jesús, se repartieron la ropa en cuatro partes, una para cada uno. Dejaron aparte la túnica, tejida de una pieza de arriba abajo sin costura alguna. Por eso se dijeron: “No debemos partirla; echémosla a suertes a ver a quién le toca”. Para que se cumpliera la Escritura: Se repartieron mis vestidos y echaron a suertes mi túnica. Es cabalmente lo que hicieron los soldados.


“Lo escrito, escrito está”

(Mt 27,36-37 – Mc 15,26 – Lc 23,35a.38 – Jn 19,19-22)

Y se sentaron allí para custodiarlo. Pilato, por su parte, escribió y puso sobre la cabeza [de Jesús una] inscripción con la causa de su condena; que decía: “Jesús Nazareno, el rey de los judíos”. El pueblo estaba mirando. Muchos judíos leyeron la inscripción, porque donde Jesús fue crucificado era un sitio cercano a la ciudad; y estaba escrito en hebreo, en latín y en griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: “No escribas ‘El rey de los judíos’, sino que él dijo: ‘Soy rey de los judíos’”. Pilato respondió: “Lo que he escrito, escrito está”.



Lo insultaban

(Mt 27,39-44 – Mc 15,29-32 – Lc 23,35b-37)

Los que pasaban por allí le insultaban moviendo la cabeza y diciendo: “¡Bah! ¡Tú que destruías el templo y lo reedificabas en tres días, sálvate a ti mismo si eres hijo de Dios, y baja de la cruz!”. Del mismo modo los sumos sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos se burlaban de él y decían: “Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo. ¡El mesías, el rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos en él! Confiaba en Dios. Que lo libre ahora, si es que lo ama, puesto que ha dicho: Soy hijo de Dios”. Los ladrones que estaban crucificados con él también lo insultaban. También los soldados se burlaban de él, se acercaban y le daban vinagre, diciendo: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”.


“Hoy estarás conmigo en el paraíso”

(Lc 23,39-43)

Uno de los criminales crucificados le insultaba diciendo: “¿No eres tú el mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro le reprendió diciendo: “¿Ni siquiera temes a Dios tú que estás en el mismo suplicio? Nosotros estamos aquí en justicia, porque recibimos lo que merecen nuestras fechorías; pero éste no ha hecho nada malo”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas como rey”. Y le contestó: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.


Estaban en pie junto a la cruz su madre...

(Jn 19,25-27)

Estaban en pie junto a la cruz de Jesús su madre, María de Cleofás, hermana de su madre, y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo preferido, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó con él.


“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

(Mt 27,45-47 – Mc 15,33-35 – Lc 23,44-45)

Desde el mediodía las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta las tres de la tarde. El sol se eclipsó y la cortina del templo se rasgó por medio. Y hacia las tres de la tarde Jesús gritó con fuerte voz: “Elí, Elí, lemá sabactani?” (que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?). Algunos de los presentes, al oírlo, decían: “¡Mirad, éste llama a Elías!”.


“Tengo sed”

(Mt 27,48-49 – Mc 15,36 – Jn 19,28-29)

Después de esto, Jesús, sabiendo que todo se había consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: “Tengo sed”. En aquel momento uno de ellos fue corriendo a buscar una esponja. Había allí un vaso lleno de vinagre; empapó la esponja en el vinagre, la puso en una caña, se la acercó a la boca y le dio de beber. Los otros decían: “¡Deja! A ver si viene Elías a salvarlo”.


“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”

(Mt 27,50 – Mc 15,37 – Lc 23,46 – Jn 19,30)

Cuando Jesús lo probó, dijo: “Todo está cumplido”. Y Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. E, inclinando la cabeza, expiró.


“Verdaderamente éste era hijo de Dios”

(Mt 27,51-56 – Mc 15,38-41 – Lc 23,47-49)

Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló y las piedras se resquebrajaron; se abrieron los sepulcros y muchos cuerpos de santos que estaban muertos resucitaron y, saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión, por su parte, y los que con él estaban custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que ocurrían, tuvieron mucho miedo. El oficial, situado frente a él, al verlo expirar así, daba gloria a Dios, diciendo: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios”. Y toda la gente que había asistido al espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba dándose golpes de pecho. Todos los conocidos de Jesús estaban a distancia, igual que las muchas mujeres que lo habían seguido desde Galilea para atenderle, presenciando todo esto. Entre ellas estaba María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de José, Salomé y la madre de los hijos de Zebedeo; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.


“No le quebrarán hueso alguno”. “Verán al que traspasaron”

(Jn 19,31-37)

Como era la víspera de la pascua, para que no quedaran los cuerpos en la cruz el sábado —pues era un día muy solemne—, los judíos rogaron a Pilato que se les quebraran las piernas y los quitaran. Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Al llegar a Jesús y verlo muerto, no le quebraron las piernas; pero uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza, y al punto salió sangre y agua. El que lo ha visto da testimonio de ello, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros creáis. Todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: ‘No le quebrarán hueso alguno’. Y también otra Escritura que dice: ‘Verán al que traspasaron’.



José lo depositó en su propio sepulcro nuevo

(Mt 27,57-61 – Mc 15,42-47 – Lc 23,50-56 – Jn 19,38-42)

Al caer la tarde, como era la preparación de la pascua, es decir, la víspera del sábado, vino un hombre rico de Arimatea, ciudad de Judea, llamado José, insigne miembro del tribunal supremo, hombre bueno y justo, el cual no estaba de acuerdo con las actuaciones del tribunal y que esperaba el reino de Dios; era también discípulo de Jesús, aunque lo tenía en secreto por miedo a los judíos. Se atrevió a ir a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. [Cuando] se presentó a Pilato y le pidió que le dejara llevar el cuerpo, Pilato se extrañó de que ya hubiese muerto; llamó al oficial y le preguntó si había muerto ya. Al saberlo por el oficial, Pilato concedió el cadáver a José y mandó que se lo dieran. Llegó también Nicodemo, aquel que anteriormente había estado con él por la noche, con unas cien libras de una mezcla de mirra y de áloe. José compró una sábana, lo bajó de la cruz, tomó el cuerpo, lo envolvió en [la] sábana limpia con aromas, como acostumbraban los judíos a sepultar y lo depositó en su propio sepulcro, que había hecho excavar en la roca, en el que todavía no había sido puesto nadie. Como el sepulcro estaba cerca y tenían que preparar la fiesta del día siguiente, pusieron allí a Jesús. Luego hizo rodar una losa grande para cerrar la puerta del sepulcro y se fue. Era el día de la preparación de la pascua, y rayaba ya el sábado. Las mujeres que habían acompañado a Jesús desde Galilea lo siguieron de cerca y vieron el sepulcro y cómo fue colocado su cuerpo. Estaban allí María Magdalena y la otra María, la madre de José, sentadas frente al sepulcro, mirando dónde lo ponían. Regresaron y prepararon aromas y ungüentos. El sábado descansaron, como estaba prescrito.
 

“El último engaño sea peor que el primero”

(Mt 27,62-66)

Al otro día, el siguiente a la preparación de la pascua, los sumos sacerdotes y los fariseos fueron juntos a Pilato y le dijeron: “Señor, nos hemos acordado de que ese seductor dijo cuando aún vivía: A los tres días resucitaré. Manda asegurar el sepulcro hasta el día tercero, no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan al pueblo: Ha resucitado de entre los muertos, y el último engaño sea peor que el primero”. Pilato les dijo: “Tenéis guardias, id y aseguradlo como creáis”. Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y montando la guardia.

 

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